Albert Einstein, aparte de dejarnos un importante legado científico, también nos dejó todo un conjunto de frases a cual más ingeniosa e interesante. Si bien es verdad que hay alguna que otra que ciertamente no la pronunció él, sí es cierto que las que lo son conforman toda una riqueza.

Una vez leí una que me encantó. En realidad, se trata más bien de una anécdota. Dicen que un periodista le preguntó a Einstein si podía explicarle la teoría de la relatividad. El científico le contestó con una curiosa pregunta: «¿me puede usted explicar cómo se fríe un huevo?». El periodista lo miró extrañado y afirmó que claro que podía, ante lo que el físico completó: «hágalo imaginando que no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite ni el fuego». Puede que Einstein muestre aquí cierta prepotencia, pero hay que reconocer que la anécdota tiene su gracia.

Todos entendemos la relatividad cuando hace referencia al tiempo. El propio Einstein decía que una hora con una chica que te gusta mucho puede pasar como un segundo, pero que, sin embargo, un segundo sentado sobre brasas de carbón caliente puede parecer una hora, y que eso es la relatividad. Esto lo comprendemos muy bien, porque, de alguna manera, lo hemos vivido en nuestras propias carnes. Pero, ¿en qué consiste exactamente la teoría de la relatividad?

No crean que yo lo tengo demasiado claro. Tengo que leer mucho para poder empezar a decir (ojo con lo de “empezar”) lo que podría (ojo con el “podría”) ser. Según Einstein, el tiempo no es absoluto. Dos personas podrían observar simultáneamente un hecho que, aun sucediendo a la vez para los dos, cada una diría que ocurre en diferentes intervalos de tiempo. Añade el científico que tiempo y espacio son dos conceptos inseparables. De ahí lo de la relatividad del tiempo: todo depende del punto en el que uno se encuentre. Lo único absoluto es la velocidad de la luz: su valor es el mismo en todas partes.

También su teoría habla de la gravedad. Einstein concibe el universo como una red elástica sobre la que se colocan los planetas, como si fueran bolas. La bola más grande se hundirá más en la red que la pequeña, y esa es la razón por la que esta es atraída por la grande.

Bueno, espero que, a partir de aquí, no hayan terminado de leer mi artículo. Procuraré ser menos espesa a partir de estas líneas.

Quiero centrarme en el tiempo, pues últimamente siento cómo el tiempo ha pasado tan rápido y cómo es posible que me haya dormido en los laureles tantas veces. Sin embargo, soy consciente de que, dentro de estos años que han transcurrido como un abrir y cerrar de ojos, ha habido algunos que han sido eternos. Y aquí estoy, feliz por estar cerca de los 50 y sentirme llena de vida, pero enrabietada por no haber podido aprovechar más y mejor lo vivido. Vaya, creo que he pasado de estar demasiado intensa a estar demasiado dramática.

Sin embargo, para Dios, todo es siempre. Ahora es siempre. Ayer y mañana es siempre.

En una entrevista me preguntaron si yo pensaba que estudiando el átomo (la cuántica y esas cosas) podría conocer qué es el tiempo. Respondí que, en mi opinión, el tiempo es la manera que tenemos de medir el transcurso de la vida. Es como la alfombra sobre la que ubicamos los acontecimientos, ordenándolos a lo largo de la misma. Pero que, sin embargo, para Dios no existe el tiempo. Para él, como decía Machado, «hoy es siempre todavía».

Esto me serena. Pienso que para Dios no somos “un periodo de tiempo”, con inicio y final. Somos, para él, eternidad. Al menos así lo creo yo. Y para él, nuestra existencia no acaba. Vinimos de Él y a Él volveremos, con lo que no existe el fin para ninguno de nosotros. No sé, quizás me estoy equivocando, quizás incluso esté metiendo la pata con este razonamiento, hasta puedo estar cometiendo una herejía (ay, Dios mío, perdóname). Pero sí estoy convencida de que, si algo es Dios, entre muchas cosas, es que es perfecto (pues, si no lo fuera, no puede ser Dios) y es todo amor. Por tanto, para Él no puede querer el “fin”, el “no va más”, para cada uno de nosotros. Creo que eso es lo que quiere decirnos con el Misterio Pascual. Incluso cuando ocurre algo doloroso e inexplicable, si confiamos y nos dejamos guiar por Él, todo puede mejorar, pero no como nosotros creemos que debe mejorar, sino como lo cree Dios en su infinita sabiduría.

En fin, creo que hoy, con este artículo, “he echado el resto”, como se dice en mi tierra, por aquí, por el sur. Pero es algo a lo que llevo rondándole mucho. Que lo que yo crea que es la felicidad, lo que crea que es mejor para mí, el hecho de que yo te quiera o que tú me quieras a mí… todo es relativo, depende de cada cual. Dios es lo único absoluto, es el Absoluto, de ahí el sentido de ponernos en sus manos: para tocar, aunque sea con los dedos, la Verdad y el Sentido que tiene la Vida.

A Dios le gustan los números

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En esta semana he tenido la suerte de disfrutar de un café con conversación con una amiga, Rufina. Es licenciada en Física y doctora en Didáctica de la Ciencia.

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