¿Por qué vemos los colores? ¿Por qué las hojas son verdes, el cielo es azul, la mesa sobre la que escribo es blanca…? Pues, verás (cito textualmente de un artículo): el color «no está en las cosas sino en la luz que las ilumina». El texto del que extraigo esta frase sigue así: «Si ves un escorpión bajo la luz del sol, su color será negro, marrón o amarillo, dependiendo de la especie. Pero si lo iluminas con una bombilla de luz negra, el escorpión se verá de color blanco». Por tanto, cada cosa que vemos no es «de un color», sino que «refleja ese color». Todo depende de la luz con que la iluminemos. Curioso, ¿verdad?
Por otra parte, ¿por qué vemos bajo esta luz el mar azul y no de otro color? Esto es porque las cosas absorben algunas ondas de la luz y reflejan otras, y las que reflejan son las asociadas a ese color: en el caso del mar, el azul.
En mi último artículo de este blog escribí acerca de que la luz se desplaza mediante ondas y abarca un enorme espectro de longitudes de onda. Nosotros no vemos todo el espectro, solo el de la luz blanca, y ese contiene todos los colores del arcoíris, cada uno con un valor de longitud de onda. Si la luz blanca incide sobre un cristal, este refleja todas las longitudes de onda, esto es, todos los colores del espectro. Pero, en el caso del mar, por ejemplo, cuando la luz blanca incide sobre él, éste absorbe todas las longitudes de onda menos las asociadas al color azul, la cual es la que transmite. Esto lo perciben nuestros ojos, los cuales mandan el mensaje al cerebro, que lo traduce como “color azul”. Y decimos: «el mar ES azul», pero no lo es, sino que refleja ese color bajo la luz blanca. Interesante, ¿verdad? En definitiva, retomando lo que escribí antes: las cosas no son de un color, sino que reflejan un color según la luz que las ilumine. Y yo me pregunto si algo así nos pasa también a las personas, más allá de la dimensión científica.
Hay gente con una luz muy especial, que desprende con solo entrar en una habitación, o sonreír, o hablar… o por cómo vive la vida. Suena muy cursi, sí, pero es cierto. Seguro que conoces a alguna. Cierra los ojos un momento y piensa, ¿quién en tu vida es pura luz? Yo tengo unas cuantas en la mía, gracias a Dios.

¿Y nunca te has preguntado por qué tienen esa luz? ¿Qué o quién hace que iluminen tanto el mundo de todos los que las rodeamos? No sé si es que nacen con ese karma, o si es que son personas luminosas debido a una capacidad determinada, o es que de verdad hay «algo» o «alguien» que las hacer ser así. Yo lo tengo claro: Dios las ilumina. Y su luz es absorbida por esta persona, que se ha abierto a su presencia, y luego la refleja «como Dios le da a entender». ¿A qué me refiero?
Bueno, aquí va una reflexión mía muy particular. Aunque, cayendo ahora en la cuenta, todas las reflexiones que hago aquí son muy particulares, tanto que muchas veces temo si voy de lista y me estoy pasando. La reflexión que me hago es que, quizás, la luz que cada persona refleja de toda esa LUZ que es Dios que las ilumina es el carisma con el que vive su vida e invita a los demás a vivirla. Dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios:
«Vosotros sois cuerpo del Mesías, y miembros singulares suyos. Dios los dispuso en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros, después milagros, después carisma de sanaciones, de asistencia, de gobierno, de lenguas diversas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Todos taumaturgos?, ¿tienen todos carismas de sanaciones?, ¿hablan todos lenguas arcanas?, ¿son todos intérpretes? Aspirad a los carismas más valiosos».
Quizás esa luz que reflejan estas personas tan especiales es cada uno de los carismas con los que Dios llama a cada persona. Como el sol ilumina el tronco de un árbol y este refleja la longitud de onda referente al marrón, o ilumina los pétalos de un girasol y estos reflejan el amarillo. Así Dios llega a cada ser humano, invitando a vibrar con Él, a través de la Palabra que se hizo hombre entre nosotros. Esa Palabra que nos recuerda que Él es «la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz de vida».
Yo, con que la luz de Dios llegue a mí, me doy ya por afortunada. Pero ojalá no solo me alcance, sino que sea capaz de absorberla. Y, si Dios así lo quiere y me llama para ello, que de alguna manera sea capaz de transmitirla tal y como Él desea que lo haga al mundo, con el carisma que quiera, con el color que quiera, uno más de todos los colores presentes en esa luz blanca y pura que es Él. Y ya, junto a cada uno desde su carisma y color, ser comunicadora de ese mayor de los carismas del que habla Pablo: el amor. Sí, es ambicioso, incluso presuntuoso, pero eso es lo que dice Pablo: «Ambicionad los carismas mayores»: el amor, la esperanza y la fe. Y, de todos ellos, el amor. Ay, el amor, que tanta falta nos hace. Que así sea.